Cholera in Cuba
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Amor sin tiempos de cólera

Amor sin tiempos de cólera
FRANCISCO ALMAGRO | Miami | 9 Nov 2015 – 7:56 am.

‘Es ahí, en la subjetividad de la mayoría del pueblo, donde el comunismo
cubano ha logrado su mayor y más prolongado éxito. Y sus enemigos, el
fracaso.’

Hace algunos años caminaba con una amiga por una larga avenida habanera.
Eran los primeros años de los 80. La apertura de mercados y libertades
mínimas hacia que muchos pensaran que la libreta de racionamiento,
conocida simplemente como “la libreta”, estaba a punto de desaparecer.
Recuerdo que cuando dije apoyar la idea, la amiga se paró en seco, y
gritó en medio de la calle: “¡La libreta no, por favor! Eso es lo único
que nos garantiza alguna seguridad”.

La miré fijamente. No podía creer lo que oía. Todavía en aquellos
lejanos días de alguna bonanza, la libreta era casi un chiste de mal
gusto. Con lo que “daban”, apenas se podía llegar a mediados de mes.
Pero aquella experiencia me ha estado dando vueltas en la cabeza por más
de treinta años. ¿Seguridad? ¿Qué seguridad?

Y es que la sensación subjetiva de estar seguros es tan importante para
vivir como respirar. No importa de qué y cómo se esté seguro. Puede
usted estar convencido de que esa casa es suya, que tiene un médico y un
hospital gratuito y su salud está segura, o que aunque pierda un poco de
su libertad individual, hay suficientes policías y segurosos para
asegurar su seguridad. Es precisamente eso, seguridad, lo que tratan de
vender las ideologías, los políticos e incluso las grandes religiones.
La función primaria de cualquier institución o líder que pretenda la
totalidad del corazón humano es alcanzar esa máxima sensación de
seguridad en sus seguidores.

De alguna manera, quien da seguridad ordena. Y quien protege, manda. Y
mientras más seguros y más protegidos nos sentimos, mayor es la cuota de
autonomía y libertad individual que entregamos al Poder Invisible. Unos
pueblos más que otros, pero todos casi por igual sin importar su
ubicación geográfica o histórica, han entregado a hombres y no a
instituciones su propia seguridad. Nadie es indemne a tal cesión. La
naturaleza humana, por su conciencia de peligro y muerte, entrega a un
padre, a un jefe, un líder, a una esposa o un esposo, una pedazo de
libertad propia a cambio de seguridad.

He pensado mucho en lo que mi amiga y cientos, millones de cubanos temen
con un cambio: perder su seguridad. No importa que esa seguridad sea tan
irreal como una pesadilla, o que la libreta de abastecimiento no
alcance, que los hospitales estén en ruinas y sin médicos, y las
escuelas sin maestros, que los salarios sean mínimos y las ciudades se
caigan a pedazos. Para millones de cubanos, aun hoy, la libreta y los
hospitales, las escuelas y los salarios y las bellas ciudades cubanas
“tienen problemas pero están seguros”; no merecen ser cambiados por
nada ni por nadie porque todo puede ser peor.

Es ahí, en la subjetividad de la mayoría del pueblo cubano, donde el
comunismo cubano ha logrado su mayor y más prolongado éxito. Y sus
enemigos, el fracaso. Y a cada rato, algún añoso dirigente cubano repite
como mantra la frase “la Revolución cubana no deja abandonado a nadie”.
Bien sabemos que no es del todo cierta; tampoco del todo falsa. El
régimen sabe muy bien escoger los destinatarios de ayudas urgentes, y
aunque insuficientes, casi miserables, son exageradamente promocionadas
en los medios de comunicación día y noche hasta que el cubano de a pie
pueda sentirse seguro tras un ciclón, un accidente u otra adversidad,
incluida la guerra.

Por otro lado, y tocando el tema de los medios, la democracia no es un
lugar muy seguro que digamos. ¿Por qué cambiar las cosas?, se dirán
muchos. Lo que han oído y han visto los cubanos por más de medio siglo
es que en otros países se compran las elecciones y se asesinan a
presidentes y a diputados. ¿Elecciones para qué? El régimen cubano
compró hace ya bastante tiempo el derecho a la paternidad de su pueblo;
el derecho cuasi divino e infinito de gobernanza. No usó solamente las
armas o el dinero, aunque también de eso hubo bastante. La fuerza y el
dinero no consiguen corazones por mucho tiempo. El régimen sedujo a
millones de padres, hijos y abuelos con el infalible mensaje del amor
filial: seguridades paternales. Un Papá Estado que, aunque se duele de
mantener a tantos —¿será real ese dolor?—, no puede evitarlo pues es su
razón existencial.

¿Se puede hacer algo con un pueblo que, a pesar de sentirse adulto no
puede desprenderse de las ataduras sobreprotectoras que lo hacen
dependiente, inhábil, irresponsable, en fin, no libre? Un pueblo que se
sabe limitado por un Poder Absoluto y que, al mismo tiempo, siente como
si debiera algo; como si al romper con el Pater y salir en busca de su
propia vida, traicionara su existencia propia. Por desgracia, desde esta
orilla, no acabamos de entender que, como el personaje de la novela 1984
de George Orwell, con lágrimas en los ojos y después de sufrir tantas
humillaciones, muchos buenos cubanos que todavía quedan en la Isla
podría decir aún que “lo aman” —ya sabemos a Quién. Un amor de
Estocolmo, sí, pero amor al fin…

Por cierto, acá los políticos también ofrecen incumplibles artificios de
seguridad —deportaciones masivas, murallas faraónicas, empleo absoluto,
y supremacías mundiales— y ya vemos los resultados en las encuestas.
Por eso una opción de cambio, de maduración social, no puede quedar en
el orden material de las cosas. El soporte material sin el componente
existencial, sin el discurso de paz, reconciliación y de reencuentro, es
inoperante. El corazón humano no cambia con cruceros, celulares,
computadoras o automóviles. Al contrario: suele encallecerse, hacerse
insensible. El cambio real empezará cuando una amiga cualquiera,
caminando por una larga calle habanera, preguntará con asombro quién,
por qué y para qué le racionan sus alimentos. Y lo preguntará sin
disgusto porque, para entonces, en su corazón ya no habrá tiempo para la
cólera.

Source: Amor sin tiempos de cólera | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1447023137_17994.html

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