Cholera in Cuba
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Choriceras de un regreso

Choriceras de un regreso
PABLO PASCUAL MÉNDEZ PIÑA | La Habana | 7 Dic 2014 – 9:06 am.

Tras una breve estancia en Madrid, el autor regresa a La Habana. Un
chorizo español hace realidad un largo y anhelado sueño.

Mientras me encontraba en la Terminal 1 del aeropuerto Adolfo Suarez de
Barajas, una mujer algo distraída me preguntó: “¿Dónde está la puerta
A-22?”, a lo que respondí que justo a sus espaldas una valla lumínica de
dos metros de ancho lo anunciaba. “¡Ayyy, que torpe soy!”, exclamó
sorprendida y sonriente, y en fracciones de segundo acomodó trasero y
equipaje a mi lado. A la par nos presentamos acorde al protocolo
aeroportuario: “venezolana que se dirige a Caracas, cubano que regresa a
La Habana”. Seguidamente detonó otro bombazo: “¡Ojalá que no se caiga el
avión y que Dios nos proteja!” “¡Vale!”, prorrumpí con acentuación
hispano/cubiche.

“Al menos tendremos ocho horas de preocupación”, arremetió nuevamente. A
lo que otra señora sentada en las proximidades rectificó que “serán
nueve porque hacia allá, la oposición de las corrientes de aires son más
fuertes y frenan al avión”. Por supuesto que nos referíamos al mismísimo
occidente que desde el Paseo de la Castellana aún fisgonea la estatua
del almirante Cristóbal Colón.

Luego sucedió lo que tenía que suceder entre cubanos y venezolanos:
empezamos a guillotinar al sistema castro-chavista con nuestras
experiencias de primera línea, saliendo a relucir entre otras tantas
calamidades causadas por el socialismo, el estado catastrófico de la
industria azucarera cubana, el microscópico tamaño de las cabezas de ajo
y las cebollas y sus altos precios, además del fichaje dactiloscópico
para comprar en los supermercados caraqueños.

Juntos evaluamos el desgarrador vídeo donde más de 500 automóviles
hacían fila para comprar gasolina en el país con las mayores reservas de
petróleo del mundo. “¡Qué patria!”, exclamaba la señora mientras
accionaba el replay del móvil que mostraba la filmación entretanto un
clon del funcionario cubano Iroel Sánchez ―si no era él mismo― nos
lanzaba dardos con la vista.

Luego saltamos a Pablo Iglesias ―el líder del partido Podemos― empeñado
en instaurar en España el mismo sistema que criticábamos hasta el
desguace. “Pero ya empezaron a meter las manos antes de tomar el poder”
―volvía a meter la cuchareta la señora de al lado, refiriéndose al
lugarteniente del susodicho Iglesias, quien ya retozó jugando a la
corruptela, “cuando cobró una investigación que nunca hizo en la
Universidad”.

Como si fuera un código de obligatorio cumplimiento, otro cubano
levantaba la voz para pedir a gritos que le dijeran cuál era la tecla
para mandar a la mierda la máquina que le había estafado “10 pavos por
una Coca-Cola”. Tras el exabrupto, los altavoces llamaron al vuelo de
Air-Europa con destino a La Habana. Por supuesto que el “colado” en la
fila, estuvo a la orden del día.

Nueve horas después

Postrado en mi asiento soporté durante nueve horas de viaje el peligro
de sucumbir aplastado por las azafatas y niños que corrían por los
pasillos del Airbus. Me conformé con leer y releer las páginas de un
ejemplar del periódico El Mundo, que pude capturar en el umbral de la
aeronave.

Más tarde, la pantalla comenzó a representar la ubicación geográfica del
avión y le solicité a un compañero de viaje que me avisara tan pronto se
divisaran las luces de La Habana. Pero nunca aparecieron. Al aparecer
hubo otro apagonazo, lo que no sería de extrañar. Y, no sé por qué,
rememoré los altavoces del metro de Madrid, pero esta vez advirtiendo:
“Próxima estación… Villa Miseria”.

Con el estrechón de los neumáticos en la pista y la aceleración de los
motores en reversa, alguien exclamó: “¡Ayyyyy, ya estamos en Cuba!”, y
estallaron cerrados aplausos. Sin embargo, a mis espaldas alguien
susurró: “masoquistas”.

Cuando llegué a la molotera del control de inmigración, cerca de un
millar de personas esperaban que oficiales revisaran pasaportes,
formularios de embarque, nos lanzaran fotos y preguntaran si habíamos
estado en algún país africano con ébola. El ceremonial tardó cerca de
dos horas.

Tras capturar el equipaje en la estera, una oficial de la Aduana me
indicó que subiera mi bulto a una mesa para revisarlo, a causa de que
los rayos x detectaron sendos chorizos. De la misma forma confirmé que
el candado que cerraba el bolso fue abierto y supuse que me habían
robado, o peor, que me habían puesto una carguita de cocaína para
joderme y sacarme por la prensa, tal y como le pasó al tipo que trajo de
Panamá un alijo de piezas para motocicletas.

Pero las aduaneras sólo querían los dos chorizos, y finalmente se los
di, no sin antes preguntarles por qué al agente Fraile lo dejaron pasar
con dos libras de explosivo C-4 y, a mí, no me dejaban introducir dos
inofensivos chorizos. Ante mi inquisidora mirada solo permanecieron tres
monitos; no hablaban, ni oían, ni veían: Mini, Mani y Moe.

Firmé el documento que oficializa el decomiso acorde al Decreto Ley
137/93, una regulación sanitaria que contrasta con la proliferación de
dengue, malaria, cólera y chikunguña, que inundan y azotan la Isla.
Luego lanzaron mis dos chorizos a un supuesto contenedor de “basura”,
aunque aseguro que finalmente, alguien les pasaría la lengua como a un
pirulí.

Ya afuera, junto a mi esposa, abordé el automóvil del cuñado para
enfilar hacia el Vedado por la tenebrosa Avenida Boyeros. La iluminación
pública irrumpió casi a la altura del conocido “bidé de Paulina”,
versión de Cibeles cubana, pero sin carruaje, leones, banderas, agua ni
luces.

¡Sorpresa! Al llegar a la casa saqué el tercer chorizo, que no había
sido detectado por los sabuesos de la Aduana, gracias a una envoltura de
ropa. Inmediatamente llamé a mis viejos para decirles que pronto se
cumplirían sus deseos de comerse una garbanzada hecha con un auténtico
chorizo español.

Al día siguiente, les narré algunos pormenores del viaje, entre ellos el
paradójico vídeo que mostraba la cola de más de 500 automóviles para
comprar gasolina en Venezuela. Entonces mi madre, de 85 años, que
acababa de apagar la Mesa Redonda, me preguntó: “Hijo, ¿ese vídeo será
de verdad?”. Tras escucharla, no me quedó más remedio que apoyar el
espinazo al butacón, mirar al techo y responderle con una carcajada.

Source: Choriceras de un regreso | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1416772217_11418.html

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