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Los huérfanos del Muro

Los huérfanos del Muro
El derrumbe del bloque soviético sentenció la lucha armada y aceleró los
procesos de paz en Centroamérica
BERTRAND DE LA GRANGE 8 NOV 2014 – 22:50 CET2

Solo diez líneas dedicó Prensa Latina a la noticia que conmocionó al
mundo. Bajo un título aséptico —“Anuncia la RDA apertura de sus
fronteras”—, la agencia cubana relató el 9 de noviembre de 1989 que la
República Democrática Alemana acababa de tomar una “disposición”
administrativa por la cual “los ciudadanos podrán realizar viajes
privados sin necesidad de explicar los motivos”. La palabra “muro” no
figuraba en el teletipo. Tanta parquedad reflejaba el desconcierto
imperante en La Habana.

El hecho trascendental que celebraban los medios occidentales era una
catástrofe para los aliados de la Unión Soviética en el continente
americano. Cuba y la Nicaragua sandinista estaban de luto. Las
guerrillas todavía activas en la región, sobre todo el FMLN salvadoreño,
la URNG guatemalteca y, en menor medida, las FARC colombianas, veían
cómo se reducía su espacio logístico y diplomático con el debilitamiento
del bloque comunista.

El viaje a Cuba de Mijaíl Gorbachov, unos meses antes, había puesto en
evidencia el abismo que separaba al presidente soviético del entonces
Máximo Líder, aferrado a la ortodoxia ideológica y detractor de las
reformas económicas de la perestroika, vista desde La Habana como un
remedo del capitalismo. “Hemos visto cosas tristes en otros países
socialistas, cosas muy tristes”, diría más adelante Fidel Castro, en
referencia a los cambios que llevaron dos años después al colapso de la
URSS, con sus consecuencias devastadoras para la economía cubana,
totalmente dependiente de los subsidios de Moscú.

Los acontecimientos del 9 de noviembre alarmaron también a los
dirigentes sandinistas en Nicaragua. No se lo esperaban, pese a —o quizá
por culpa de— sus estrechas relaciones con la Stasi, el aparato de
inteligencia de la RDA, que manejaba con los cubanos la seguridad de los
nueve comandantes de la revolución. Un año antes, la Stasi había tenido
un papel relevante en la Operación Berta para cambiar manu militari la
moneda nicaragüense, en un intento desesperado para frenar una inflación
del 36.000%, que el Gobierno lograría reducir al 2.000% en 1989.

Cuando llegaron las noticias de Berlín, Nicaragua estaba inmersa en una
campaña electoral muy tensa. A petición de la Casa Blanca, Gorbachov
había convencido al Gobierno sandinista de adelantar al 25 de febrero de
1990 las elecciones, previstas para finales de ese año. Se trataba de
buscar una salida política a la guerra entre las fuerzas sandinistas,
apoyadas por La Habana, y una rebelión esencialmente campesina, la
Contra, sostenida por Washington. Managua era entonces una pieza
importante en el tablero geopolítico regional, y EE UU temía que El
Salvador fuera la siguiente ficha en caer.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) esperaba conseguir
con esos comicios la legitimidad democrática para convencer a la
comunidad internacional de la necesidad de desarmar a la Contra bajo la
supervisión de Naciones Unidas. Enfrente, la Unión Nacional Opositora
(UNO), coalición de 14 partidos de todo el espectro político, parecía no
tener la más mínima posibilidad de ganar. Su candidata, Violeta Barrios,
viuda de Joaquín Chamorro, asesinado durante la dictadura de Somoza, era
un ama de casa sin experiencia política. En cambio, el FSLN contaba con
la maquinaria avasalladora del Estado para imponer a su candidato,
Daniel Ortega, que llevaba una década en el poder.

La Prensa,propiedad de la familia Chamorro, dedicó una extensa cobertura
a los eventos de Berlín, incluyendo un editorial titulado “Caída del
muro, un milagro de la historia”. Antonio Lacayo, yerno e inseparable
asesor de la candidata de la UNO, vio la oportunidad que se les
presentaba. “Supimos de inmediato que ese hecho histórico tendría
repercusiones muy favorables para nosotros en la campaña contra los
sandinistas”, cuenta en un libro publicado en 2005, La difícil
transición nicaragüense. “Comentamos que si los alemanes eran capaces de
quitarse de encima una dictadura de más de cuarenta años, nosotros
podíamos quitarnos la nuestra de diez…”

No se equivocó. En contra de las encuestas, de la prensa internacional y
de los diplomáticos, que vaticinaban una victoria holgada para Daniel
Ortega, ganó Violeta de Chamorro con casi el 55% de los votos.

“La derrota electoral de los sandinistas fue nuestro Muro de Berlín,
estábamos convencidos de que iban a ganar”, contaría más adelante
Joaquín Villalobos, uno de los cinco comandantes de la guerrilla
salvadoreña, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional
(FMLN), que tenía su retaguardia en Managua. En cambio, los
acontecimientos de noviembre de 1989 en Alemania no les afectaron
“moralmente” y decidieron seguir con sus planes de lanzar una ofensiva
militar sin precedentes contra la capital, San Salvador, y las
principales ciudades del país.

Los tiempos políticos de Centroamérica no coincidían con los de Europa
del Este. La guerrilla salvadoreña veía peligrar su supervivencia ante
las presiones de EE UU sobre Gorbachov para detener las entregas de
armas soviéticas a través de Cuba y Nicaragua. El FMLN soñaba aún con la
conquista del poder por la vía de las armas, aunque sus mandos más
realistas se conformaran con lograr un mayor control del terreno en
previsión de una negociación.

Mientras agonizaba la Guerra Fría y los ciudadanos de Alemania Oriental
celebraban su nueva libertad, los mandos del FMLN apuraban los últimos
detalles de la Operación Hasta el Tope en las casas de seguridad puestas
a su disposición por el Gobierno sandinista. El 11 de noviembre, un poco
antes de las ocho de la noche, Radio Venceremos, la emisora de la
guerrilla salvadoreña, recibió la comunicación de Joaquín Villalobos:
“Ya estamos en el macho. De aquí por allá, no hay retroceso”, dijo desde
Managua. Empezaba la ofensiva.

Los soviéticos montaron en cólera al sentirse engañados por sus aliados
sandinistas, que se habían comprometido a cortar la ayuda logística al
FMLN. El ministro de Asuntos Exteriores, Eduard Shevardnadze, uno de los
más cercanos colaboradores de Gorbachov, había viajado a Nicaragua el
mes anterior para anunciar la decisión de Moscú de colaborar con el plan
de paz para Centroamérica, puesto en marcha dos años antes con el apoyo
internacional.

Cerca de 4.000 salvadoreños murieron en las dos semanas de combates,
entre guerrilleros, soldados y población civil. ¿Se logró algo? Según el
escritor David Escobar Galindo, exnegociador del Gobierno, “la ofensiva
del 11 de noviembre de 1989 abrió la posibilidad de la paz al demostrar
que la guerra no se podía decidir militarmente”. Se había llegado al
equilibrio del terror. Ambos bandos firmarían la paz en 1992 y, lejana
consecuencia del derribo del Muro, el FMLN llegaría al poder por las
urnas en 2009.

Bertrand de la Grange era corresponsal de Le Monde en Centroamérica en
el momento de la caída del Muro.

Source: Los huérfanos del Muro | Internacional | EL PAÍS –
http://internacional.elpais.com/internacional/2014/11/08/actualidad/1415480733_145989.html

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