Cholera in Cuba
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Los guerreros, el cólera y nuestros vecinos

Cólera, Epidemias

Los guerreros, el cólera y nuestros vecinos

Una primera conclusión sobre la manera como se produjo la epidemia de

cólera en Cuba indicaría condiciones sanitarias deplorables en la zona

Haroldo Dilla Alfonso, Santo Domingo | 01/10/2012 11:30 am

A los dirigentes cubanos les gustan las victorias fulminantes y

aplastantes. Y así lo han proclamado al mundo durante cinco décadas. Es

cierto que nunca han podido vencer la ineficiencia económica, pero sí lo

hicieron militarmente varias veces, desde Girón hasta Cuito Cuanavale. Y

acostumbrados como están a dar partes de victorias, el Ministerio de

Pública proclamó a fines de agosto que había la guerra al

cólera con un saldo final de 417 infectados y tres muertos.

Craso error, porque al vibrio cholerae no se le vence fácilmente, menos

aún en campañas fulminantes. El cólera es una enfermedad con baja

mortalidad, porque su curación es relativamente sencilla, pero de muy

difícil erradicación. Requiere mucho tiempo y muchos cuidados, muchos

más de los que las autoridades sanitarias cubanas pudieron brindar. Y

por eso el cólera ha regresado a la Isla. O mejor dicho, reapareció,

porque nunca se había ido.

Una primera conclusión sobre la manera como se produjo esta epidemia

indicaría condiciones sanitarias deplorables en la zona. No porque se

haya producido la infección. Lo cual ocurre por razones a veces muy

eventuales y sin respetar clases ni status. En República Dominicana, por

ejemplo, se infectó un pelotón de millonarios venezolanos que celebraban

una boda en Casa de Campo y comieron seviche de pescado infectado. Y

aunque ninguno murió, mantuvieron durante varios días los retretes de

Caracas bajo ingente asedio.

Tampoco porque hayan muerto tres enfermos, un número muy bajo que indica

la prontitud de la atención médica. Pero que se hayan infectado cuatro

centenares en tan poco tiempo si de una magnitud que debiera inducir al

Gobierno a focalizar las inversiones en la provisión de y de

condiciones sanitarias en estas regiones que andan entre las más pobres

del país.

La otra cuestión es el origen del vibro. En el Caribe no existía el

cólera desde hace un siglo. Reapareció en Haití hace un par de años no

porque los haitianos en su pobreza lo hayan creado, sino porque las

tropas de Naciones Unidas, y en particular un contingente nepalés, lo

sembró en el río Artibonito desde sus letrinas mal construidas. Y desde

entonces han muerto más de 7 mil personas y enfermado casi 600 mil.

Y desde ahí lo más probable es que acarreado en los intestinos de un

internacionalista o de un pez, llegó a Manzanillo. Hasta el momento esto

no se ha aclarado, por lo que sospecho que fue un internacionalista.

No sigo con la epidemia, pues no soy médico. Pero creo que este asunto

obliga a pensar más seriamente la relación cubana con Haití, tema que he

abordado varias veces antes.

La historia del oriente cubano ha estado siempre ligada a Haití. Desde

1900 comenzaron a arribar a nuestro país centenares de miles de braceros

haitianos que hicieron posible las grandes zafras de los años 20. Muchos

eran trabajadores temporales y se repatriaban cuando terminaban las

zafras, pero otros permanecían en territorio nacional. En 1931 el censo

contabilizó casi 80 mil. En 1953 —cuando el tráfico se había

interrumpido en lo fundamental y muchos se habían acogido a la

ciudadanía cubana—, se contaban 28 mil. Los descendientes de estas

personas que mantienen un ingrediente cultural ancestral se calculan

actualmente en unas 80 mil. La vitalidad cultural haitiana —una de las

riquezas mayores de este país—, puede observarse en la región oriental,

donde aún las personad de este origen pueblan muchos de los bateyes

existentes, y constituyen partes protagónicas de los programas de los

inolvidables Festivales del Caribe en Santiago de Cuba.

Estoy seguro que la actual situación demográfica de Cuba pudiera inducir

la reactivación de los flujos migratorios. Al mismo tiempo que Haití

continúa expulsando población, todo el oriente cubano y sobre todo su

lado sur, experimenta un despoblamiento debido a las bajas tasas de

crecimiento y a la migración de los orientales cubanos hacia La Habana,

al mismo tiempo que los habaneros emigran al sur de la Florida. En toda

la Isla la población es muy vieja y se encuentra estancada o en proceso

de reducción absoluta.

La isla de Cuba necesita población laboral, sobre todo si continuara el

actual proceso de liberalización económica y de privatización de las

tierras agrícolas. Es previsible que muchos haitianos pudieran encontrar

un estímulo en emigrar hacia Cuba, donde residen muchos miles de

personas con ascendencia haitiana, y donde, en particular en la región

suroriental, sus costumbres y creencias religiosas no serían nada extrañas.

Esto no nos haría excepcional, pues los haitianos se han dispersado por

todo el Caribe, constituyendo fuertes comunidades en República

Dominicana, Bahamas, Islas Turcas y Caicos, Guadalupe y Cayena. Y

lógicamente en Miami, donde habitan en vecindarios segregados —la

segregación habitacional es un dato de esa ciudad—, y en particular en

el Pequeño Haití. En todos estos lugares resultan piezas claves de las

economías locales.

Por eso, lo que el cólera anuncia es algo más que una epidemia. Es una

relación que irá creciendo y que requerirá habilidades especiales para

su manejo. No se va a resolver con una batalla fulminante, como esa que

supuestamente abatió al vibro que aún nos acecha desde los lodazales de

Manzanillo.

http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/los-guerreros-el-colera-y-nuestros-vecinos-280483

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